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miércoles, 22 de octubre de 2014

BLOQUEO DE ESCRITOR






Hace mucho tiempo que la inspiración me abandonó. Ya no se acuerda ni siquiera de mi nombre; y cuando por casualidad la llego a encontrar en una de esas interminables noches de insomnio,  desvía su mirada de la mía pretendiendo que no existo.. que soy invisible, al menos para ella.
Yo solía ser un exitoso y afamado escritor. Mis libros se vendían como caramelos en un día cualquiera. Vivía al ritmo vertiginoso de un "best seller" tras otro; aquello no parecía tener fin.
Tenía siempre la agenda a tope entre fiestas, conferencias y presentaciones. Pertenecía a la élite intelectual y era un personaje reconocido en los altos círculos de la literatura.
No sé exactamente en qué momento todo eso se esfumó. Solo conservo el vago recuerdo de haberme levantado una mañana como quien despierta desorientado y confuso, intentanto incorporarse a la realidad, con la resaca de lo que fue la noche anterior.
En ese momento me vi en la imperativa necesidad de tomar una decisión crucial para mi futuro: Sacrifiqué entonces una parte de mí, y me deshice de toda sensibilidad y de todo noble sentimiento para salvaguardar mi salud física, emocional y mental.
Me convertí en un ser apático, indiferente, frío y distante; carente de toda emoción. ¿Los motivos? no tiene caso alguno mencionarlos o recordarlos. Procuro no pensar más en ello. Lo verdaderamente importante es que desde entonces la insipiración me dio la espalda; tomó de la basura todo aquello que me animaba a escribir, se marchó para no volver y me abandonó a mi suerte dejándome en la más absoluta miseria espiritual.
Ahora todos mis libros se encuentran empolvándose en el estante más alto de un enorme librero. Los puse allí a propósito: de esa manera no se llegan a apreciar a simple vista y son, hasta cierto punto, inalcanzables... Un recuerdo mudo de lo que alguna vez fui.
De vez en cuando me reconocen en la calle, y me preguntan si volveré a escribir.... Cuándo saldrá a la venta mi próximo libro o si ya trabajo puliendo algún argumento... Me limito a contestar un "quizás" que no suena para nada convincente y me alejo de inmediato. Evito el tema en tanto sea posible.
Alguna vez, por la televisión, escuché a un crítico decir que yo tenía un "bloqueo de escritor"; de ahí que no publicara ya obra alguna. Sonreí irónicamente. Esos comentaristas creen saberlo todo y en realidad no saben nada.
Lo que tengo podría más bien llamarse "bloqueo emocional" por decisión propia y, creo yo, a perpetuidad.
Fue, en su momento, una elección de vida o muerte; la cual me permitió sobrevivir, o lo que es lo mismo, ir muriendo en vida, como se pueda entender.  Una resolución tomada obligado por ciertas circunstancias en un momento dado y de la cual no me arrepiento..... la mayoría de las veces....

domingo, 3 de agosto de 2014

LA SOMBRA DE UN SOLDADO



El sol caía en pleno sobre los campos de cultivo. Anselmo caminaba trabajosamente abriéndose paso entre los maizales. Había caminado por horas de regreso a su pueblo natal; el cual se encontraba en un lugar remoto, alejado de toda civilización.
En esos momentos, afuera de la pequeña casita de adobe, Trinidad recolectaba la ropa que había dejado secar al sol desde muy temprana hora. Mientras acomodaba las prendas en su canasta, algo le hizo alzar la mirada hacia el horizonte. Avanzó unos pasos y agudizó la vista, tapándose el resplandor del sol con una mano. Alcanzó a ver a lo lejos una figura espigada, un tanto tambaleante, que se acercaba cada vez más. Cuando hubo reconocido el andar de aquel desconocido, se puso pálida, dejó caer la canasta y corrió hacia el interior de la casa.
Doña Ernestina se encontraba terminando de preparar la comida; pues se acercaba ya la hora de llegada de Don Anselmo, su esposo, y Danilo, su hijo menor, quienes suspendían sus faenas en el campo para tomar sus alimentos.
Trinidad entró como un tornado y tomó del brazo a su madre para que saliera.
- ¡Mamá, rápido, venga a ver quién regresa a la casa! - exclamaba con una mezcla de emoción y cierta preocupación.
- Niña, pero ¿Qué pasa? ¿por qué gritas así? - respondió Doña Ernestina, algo molesta por la interrupción.
Ambas salieron al patio y se encontraron casi de frente con Anselmo, que por fin llegaba a su destino.
- ¡Anselmo!... ¡M'hijo! - gritó Doña Ernestina, y corrió a abrazar al mayor de sus hijos, que hacía ya cuatro años que no veía.
Trinidad se mostró recelosa. No parecía ser el mismo que se fue hace años, reclutado por el ejército para pelear, como muchos otros, en una guerra que parecía ser interminable y que, además, ni siquiera era suya.
Doña Ernestina se volvió hacia su hija:
- Trini, ¿No vas a saludar a tu hermano? ¡Abrázalo!
Trinidad obedeció, y abrazó a su hermano; pero lo sintió tan frío y distante que se alejó de inmediato.

Dos días después, la noticia del regreso de Anselmo estaba en boca de todos los habitantes del pueblo. Esa tarde, Trinidad salía de la iglesia y sintió todas las miradas de los feligreses sobre ella. Escuchaba los murmullos;  y a medida que avanzaba percibía el mismo tema en todas las conversaciones:
- Dicen que ya no regresó igual. Que trajo "la sombra" con él.
- ¿Ya lo viste? parece como "ido"
- Si tiene "la sombra", que Dios los ampare....
- Pobre Doña Ernestina, cómo le fue a pasar a su hijo....y es el mayor.....
Trinidad apresuró el paso y llegó malhumorada a su casa. Anselmo se encontraba sentado a la mesa, comiendo un plato de sopa sin gesto alguno, con la mirada perdida. Trinidad cruzó la pequeña pieza y llegó hasta la otra habitación donde su madre bordaba tranquilamente un dibujo de flores moradas y amarillas.
- Mamá, la gente no para de hablar. Tiene que hacer algo con Anselmo. Todos dicen que trae "la sombra", ¿Por qué no lo lleva con Catalina para que le diga si es verdad?...
Doña Ernestina la miró, un poco temerosa.
- ¿Pa' qué, hija?... A tu hermano no le pasa nada. Solo está cansado.
Trinidad enfureció.
- ¡Pero si se la pasa dormido todo el día! ¿No se da cuenta?... y cuando no está dormido, anda con la mente perdida, sabrá Dios en dónde o en qué... Y todo el pueblo está hablando de nosotros...
Don Anselmo entró de pronto, reprendiéndola en tono muy serio.
- Trinidad, deje de gritarle a su mamá. Su hermano no tiene nada, estamos felices de que haya vuelto; mejor alégrese también y deje de hacer caso de chismes y habladurías.
La muchacha sabía que sería inútil seguir discutiendo, dio media vuelta y salió de la casa apresuradamente con lágrimas de impotencia en sus ojos.
Anselmo la miró de reojo y salió tranquilamente tras ella.

En el patio terregoso de la pequeña casita de adobe, al lado del gallinero, había una roca que hacía las veces de asiento. Trinidad estaba sentada allí, mirando a las gallinas merodear alrededor, buscando algunos granos de maiz en el suelo. Se sentía molesta. Realmente odiaba ser el centro de rumores tan negativos.
Anselmo llegó y se sentó junto a ella, mirando el sol ponerse a lo lejos, en el maizal.
- No deberías molestarte por lo que dice la gente - dijo indiferente - Tal vez tengan algo de razón.
Trinidad lo miró disimuladamente mientras proseguía.
- El muchachito que se fue hace cuatro años no es el mismo que regresa. No se puede ser el mismo cuando se ven y se viven tantos horrores. La guerra te cambia. Te enfría y te endurece. A mi me dieron un arma, me enseñaron a usarla en un día y me aventaron a los 16 años a un campo de batalla con una única instrucción: "Apunta, dispara y no falles".
Se hizo un silencio muy tenso, y Trinidad se volvió a mirar a su hermano con miedo e incredulidad. Anselmo respiró profundo y continuó.
- Cuando matas al primero, te invade un sentimiento de terror, de culpa y desesperación. Después matas al segundo, al tercero... y ya para el cuarto o quinto dejas de sentir. Se te olvida lo que es la compasión o el amor al prójimo. Es tu vida o la del otro, y ya ni lo piensas siquiera. Sabes que entre más mates más pronto regresas a casa. Dicen que traigo "la sombra".... pues se equivocan. Uno no regresa con "la sombra"; a uno lo regresan convertido en eso... en apenas una sombra de lo que un día fue.
Trinidad se sintió horrorizada y profundamente avergonzada por su actitud. Su hermano había pasado por tanto y a ella solo le había importado lo que la gente decía. Se levantó de golpe y corrió llorando hasta tumbarse en su cama; en donde se quedó hasta la mañana siguiente.

Los primeros rayos del sol apenas despuntaban cuando Doña Ernestina entró al cuarto donde dormía su hija y la sacudió suavemente.
- Hija, despierta, hay que desayunar pa' que me acompañes a llevar a tu hermano con Catalina. Ya me preocupó, anoche se quedó sentado en el sillón con los ojos fijos. No durmió nada y es hora que todavía está ahí, sentado, en la misma posición.
Trinidad se sentó en la cama para despertar por completo.
- ¿Y mi apá qué dice?
Doña Ernestina le alcanzó ropa para que se cambiara.
- No le da importancia, dice que es normal, que se le irá pasando, que en unos días, cuando lo vea más fuerte, se lo va a llevar a trabajar al campo junto con Danilo. Pero por si acaso, mejor vamos con Catalina.
Las dos mujeres se apresuraron y llevaron  a Anselmo a las afueras del pueblo, donde vivía Catalina, una anciana que tanto era curandera, como partera y consejera; cuyo conocimiento había pasado de generación en generación desde tiempos ancestrales; por lo cual era muy respetada y consultada por la gente del lugar.
Después de revisarlo detenidamente, y cruzar algunas palabras con él, Catalina dedujo que, efectivamente, Anselmo había regresado trayendo "la sombra" con él.
- Tienen que estar muy al pendiente del muchacho - les aconsejó - Ustedes ya saben que "la sombra" siempre trae desgracias.
Doña Ernestina, preocupada, preguntó qué se podría hacer.
- Rezar - contestó Catalina - rezar mucho y estar muy al pendiente de él. Si lo miran con atención, notarán que siempre está "oscuro"... su piel ya no refleja la luz.
Se acercó a la angustiada madre y la tomó del hombro en gesto solidario.
- Hazte a la idea, Ernestina, que este que ves aquí, ya no es tu hijo. Tu muchacho ya no está en ese cuerpo. Es el puro "cascarón". Recen y cuídense mucho.
Acompañó a sus visitantes a la puerta y los tres regresaron a casa en silencio.

Esa noche, Doña Ernestina despertó sobresaltada al escuchar varios gritos y estruendos. Saltó de la cama, salió de su pieza y vio, en el centro de la casa, a su hijo mayor sosteniendo la escopeta de caza de su padre. El panorama era aterrador: los cuerpos sin vida de su esposo, Don Anselmo y sus otros dos hijos, Trinidad y Danilo, yacían tendidos, ensangrentados, en el piso de tierra.
- ¡M'hijo!... pero ¿Qué has hecho?.... ¿Por qué?... - preguntó, temblando, sin poder apartar la mirada de la trágica escena.
- Fue "la sombra" mamá - contestó calmadamente, con los ojos vacíos - Aprendí a matar y ahora ya no sé hacer nada más. Aprendí a ser sombra y ahora no soy nada mas que eso.
Doña Ernestina se volvió a mirarlo. Un escalofrío recorrió su cuerpo. El hombre parado frente a ella no tenía mirada. Y su rostro no le era familiar. No le recordaba para nada aquella cara alegre, tan llena de vida y un tanto angelical de su primogénito, al que se habían llevado hacía ya cuatro años.
Anselmo levantó la vista y miró a Doña Ernestina, sin verla.
- Perdóneme, mamá... - y diciendo estas palabras, le disparó a quemarropa. Después caminó lentamente hacia la puerta, la abrió de par en par, levantó la cabeza y miró el cielo nocturno colmado de estrellas, mientras una brisa fresca y suave le acariciaba el cabello. Cerró los ojos. "Es una lástima que ya no sea capaz de apreciar este cielo y esta brisa" pensó, mientras colocaba el frío cañón del arma justo bajo su barbilla.

Al amanecer, la gente se amontonaba afuera de la pequeña casa de adobe, que hasta un día antes fue el hogar de Don Anselmo, Doña Ernestina y sus tres hijos. Dos campesinos, padre e hijo,  se detuvieron, curiosos, detrás de la multitud, alcanzando a ver cómo eran sacados cinco bultos en grandes bolsas negras para acomodarlos dentro de una camioneta del gobierno estacionada frente a la propiedad. El más joven de de los campesinos dijo, mirando fijamente a la entrada para no perder detalle:
- Dicen que fue otra vez "la sombra" ¿Verdad?
- Dicen... - contestó el padre - Por eso mejor la gente debería de rezar, pero pa' que ya no regresen los que se van. La guerra se lleva a sus hijos, y lo único que les trae de regreso es un cuerpo vacío con una sombra a cuestas. Y después esa sombra los envuelve a todos... como si se los tragara.
Ambos dieron media vuelta, el padre rodeó con el brazo los hombros de su hijo, deseando que jamás le ocurriese algo semejante, y continuaron su camino.
Y mientras el cielo se iluminaba con la cálida luz del día que comenzaba, la casita permanecía en penumbras, como si una oscuridad perpetua se hubiera apoderado de ella.

lunes, 5 de mayo de 2014

EL POBRE DR. FRANKENSTEIN

El Dr, Fankenstein dedicó gran parte de su vida a su proyecto. Pasa interminables horas en su laboratorio diseñando, estudiando, construyendo. Después, comenzó a recolectar partes humanas de los cementerios. Con paciencia y dedicación, hoy conseguía una pierna, mañana un brazo y dentro de una semana, la cabeza. Una vez reunidas todas las piezas, las unió lo mejor que pudo para que dieran el aspecto de un ser humano. Se mantuvo informado de los fenómenos climáticos e hizo las modificaciones necesarias para cuando llegara el momento.
Por fin una noche, lo que tanto había anhelado: se desató una fuerte tormenta cuyos relámpagos iluminaban el cielo como si fuese de día. El científico se apresuró a disponerlo todo de inmediato. Cubrió su "creación" con una sábana y lo subió hasta lo más alto, donde pudiera recibir las enormes descargas eléctricas de la tormenta. Cuando hubo terminado, lo trajo de vuelta y se emocionó al ver movimiento a través de la tela. Pero cuando lo descubrió, toda su emoción se transformó en horror. Se llenó de enojo, de vergüenza y asco al ver el monstruo deforme y estúpido que había creado. Lo único que le provocaba era repulsión.
Ante la enorme frustración llevó a su monstruo a las más lejanas montañas y le abandonó.
De regreso en su hogar, al calor del fuego de la chimenea, no podía hacer más que lamentar su suerte. Mientras degustaba deliciosos manjares en la cena, se repetía a sí mismo que había sido víctima del destino cruel y despiadado. Cada vez que salía de tomar un baño caliente y sentía la suave y delicada tela de ropa limpia rozar su piel, se compadecía de sí, al afirmar que su gloria le había sido arrebatada.... ¿Por quién?... Y cada noche, antes de dormir en su blanda y cómoda cama, se acordaba de aquella criatura únicamente para maldecirla por haberlo llevado al fracaso de su carrera científica. Jamás, sin embargo, se le ocurrió imaginar siquiera la "vida" que aquella criatura estaría llevando: solo, despreciado, humillado, sin un ápice de civilización a su alrededor. Pasando frío.
Si, ¡Pobre Dr, Frankenstein! Qué difícil fue para él sobrellevar el fracaso. Eso era lo que realmente importaba.
Porque, ¿Para qué molestarse en compadecer a algo que ni siquiera llega a ser humano? Sería una absurda pérdida de tiempo considerarlo siquiera; y el tiempo es un recurso demasiado valioso; pensaba el Doctor... siempre es mejor saber aprovecharlo repitiéndose a sí mismo una y mil veces que él era la víctima en todo esto; en lugar de desperdiciarlo pensando en lo que aquel monstruo, que fue su ruina, pudiera estar sintiendo. Después de todo, era solo una bestia ignorante.... Y los monstruos no tienen sentimientos.... ¿O sí?......


Es mucho más fácil ignorar, esconder, e incluso culpar de nuestras desgracias a los monstruos y demonios que nosotros mismos creamos con tanto afán. El tener la capacidad, la fortaleza, la inteligencia y la entereza de mirarlos de frente, encararlos, enfrentarlos y en su caso, corregirlos o eliminarlos les está reservado únicamente a los valientes. A los que prefieren tomar la responsabilidad de sus actos y las consecuencias de los mismos; por difícil que sea. En fin, a los que quieren ser mejores.

martes, 14 de enero de 2014

Uno de tantos sueños... de una de tantas noches...

Corría el año mil ochocientos... y algo. Había una guerra civil en contra de quienes querían imponer la monarquía. En lo alto de unos cerros se llevaba a cabo una importante batalla entre los soldados de "La Corona" y los llamados "Rebeldes". El propoósito: impedir que los detractores boicotearan la ceremonia de coronación de quien sería Rey; cuya fecha estaba ya muy próxima.
Tom Hiddleston*, a pesar de pertenecer a una de las familias aristocráticas más importantes de la época, se encontraba comandando a un grupo de "rebeldes", luchando hombro con hombro con varios batallones y planeando estrategias junto con otro "comandante".
Las tropas se atrincheraban en unas casas abandonadas ubicadas en la cima de un cerro; y al amanecer se veía a Hiddleston caminando acompañado de su "colega" entre los cuerpos enemigos... algunos muertos, otros agonizantes.
A pesar de su rudeza y la frialdad que presentaba a sus comandados, Hiddleston guardaba un triste sentimiento de nostalgia por su amada, Sasha Sökol, con quien había iniciado una relación poco antes de marcharse a la batalla. Era tanto su amor por ella y tanto la extrañaba, que a menudo apenas si podía conciliar el sueño durante el poco tiempo que tenía para dormir.
Un día, Hiddleston envió a su mano derecha, Viggo Mortensen**, a recibir y traer  las provisiones que un grupo de personas llevarían de la ciudad; con quienes debía encontrarse justo en la mitad del camino para escoltarlos al campamento. Mortensen partió enseguida.
En la ciudad, mientras tanto, Sasha sufría lo indecible por estar lejos de su amado; y por el deseo insatisfecho de ser de ayuda en la guerra contra la Monarquía.
Ella se quejaba amargamente en la cocina de la casa de su mejor amigo, Sebastián Rulli, en donde el horno de piedra desprendía un calor abrasante debido al pan que se horneaba en él. Sentado a la rústica mesa, Rulli escuchaba el desahogo de su amiga de la infancia, que una vez hecho patente el sufrimiento por el cual atravesaba, le pidó consejo esperando obtener un poco de consuelo. Rulli respondió, sin mirarla y con gesto indiferente: "¿Quieres ver a tu amado? Junta algunas provisiones... agua, comida, ropa limpia, y únete al contingente que está próximo a salir hacia la zona de batalla". Sasha sonrió, complacida, y salió de prisa a prepararlo todo para ir al encuentro de su amor.
Mientras esperaba, Mortensen recibió un recado de manos de un mensajero que decía que Sasha también acudiría a donde estaban atrincheradas las tropas. Mortensen pensó que Hiddleston se alegrería; de manera que a su vez, envió al mensajero para que le diera la noticia a su Superior.
Cuando Hiddleston recibió el mensaje, no cabía en sí de felicidad. Esa noche decidió dedicarla un poco para él y se sumergió en el agua de una tina de baño improvisada. Y aunque, como todas las noches, los gritos y los balazos no daban tregua alguna, esta vez.. solo esta vez, decidió ignorarlos... hundiéndose completamente en el agua jabonosa.
A media mañana del siguiente día, la señora que hacía las funciones de criada entró en el cuarto donde Hiddleston aún dormía profundamente. " Al parecer el baño lo relajó demasiado", le comentó la criada a una chica que lideraba uno de los grupos a cargo de Hiddleston. La dama sacudió ligeramente al "comandante" para despertarlo, éste se levantó y desperezó de inmediato; y mientras se ponía la camisa y las botas, escuchaba a la chica. La ceremonia de Coronación sería esa misma noche; y tenían un plan para que no se llevara a cabo y que finalmente la victoria fuera para los rebeldes y así terminar por fin la guerra. La idea era infiltrar parte del personal entre los asistentes y las tropas de la Monarquía durante el evento; y en el momento adecuado, los infiltrados bajarían los pantalones a las tropas, mientras el resto de los rebeldes atacaban aprovechando la humillación y la confusión.
(Se hace una pausa y aparece en un escenario un mariachi cantando "odas" al futuro Rey, en el "previo" de la ceremonia).
Hiddleston se levantó. De pie, frente a la líder le invadió un sentimiento de emoción y al mismo tiempo de cierta angustia. En ese preciso instante, Mortensen escoltaba a Sasha, quien cargaba un enorme recipiente de arroz con leche, en la entrada del campamento; próximos a llegar a su destino.
La líder seguía hablando, describiendo los detalles del plan.. pero Hiddleston ya no la escuchaba. Volteó hacia la pesada puerta de madera vieja; mirándola fijamente, como si quisiera atravesarla.

Despierto súbitamente y miro el reloj: las 5:30am... pienso que aún me queda un poco de tiempo para dormir. Me doy la vuelta, cierro los ojos y consigo dormir de nuevo.

Mi mamá me apresuraba para que me fuera; pues se hacía tarde para irme a trabajar. Yo me encontraba en la cocina, mirando el interior del refrigerador, en donde había un apetitoso pastel que mi hermana mayor había llevado un día antes. "Ah qué poca madre... había pastel y ni me dijiste ni me ofreciste" reclamé. Mi mamá ni se inmutó, solamente se limitó a contestar: "ay ni me acordaba que había pastel".
Mientras salía apresuradamente comenté, recordando la escena en la que Hiddleston se queda mirando la puerta de su cuarto: "Chin, me voy a perder la novela y la quería ver porque ayer se quedó bien padre..."

El despertador sonó. Hora de dejar el sueño y enfrascarse en la realidad.... Lo cual, en noches como ésta, para mi cerebro es un verdadero alivio....



*Tom Hiddleston: Actor que interpreta a "Loki" en las películas de Thor.
**Viggo Mortensen: Actor que interpreta a "Aragorn" en la trilogía "El Señor de los Anillos"
Sasha Sökol: Actriz y cantante mexicana, ex integrante del grupo "Timbiriche"
Sebastián Rulli: Actor de taravisa.

viernes, 29 de noviembre de 2013

HISTORIAS DE UNA BANCA



El anciano observó curioso la tenue y cálida luz de aquel hombre sentado a su lado. 
- ¿Qué es eso? - preguntó, al fin.
- Un alma... Mi alma - contestó el desconocido.
- Yo solía tener una de ésas - dijo el anciano con gesto indiferente.
- ¿ Y qué pasó? - preguntó interesado su interlocutor - ¿Ya no la tiene?
- No - contestó el viejo, con el rostro atiborrado de hastío. - Uno cree que sin una de esas cosas no se puede subsistir; y al final, terminan convirtiéndose en un gran problema. 
Se acomodó en la banca y continuó en un tono más bajo.
- Tanto cuidarla, para que al final no sirva para nada.
El hombre, intrigado y asombrado, quiso saber más.
- No lo creo, sabe, me parece que todos deberíamos tener una; y procurar que siempre esté en muy buen estado.
El anciano se volvió a mirarlo.
- ¿Ah sí?.... Mencióneme un solo caso para el cual necesitarla.
- Bueno... - titubeó - Para amar.... para comprender a los demás... para sentir compasión, no sé... tiene muchos usos....
- Mire, amigo - contestó el anciano, en tono condescendiente - Por más fuertes y resistentes que uno crea que son esas cosas... en realidad son bastante frágiles. Y se pasa uno la vida alimentándola de buenos sentimientos, de ese amor y compasión que menciona, solo para que se maltrate cada día más. La remiendas,  se te rompe, la intentas reparar, pero con cada embestida se van perdiendo algunos fragmentos que no vuelves a recuperar. Entonces tratas de armarla de nuevo, sustituyendo las piezas faltantes con algo que se le asemeje pero... no es lo mismo. Al final, terminas con un trozo de lo que un día fue un alma... un trozo carcomido y muy maltratado. Nada qué hacer. Mejor desecharla y quedarse así... vacío.
El hombre quedó un momento pensativo, en silencio. 
- ¿Cómo se vive sin un alma? - preguntó.
- Se sobrevive - susurró el viejo .
- No me parece que sea muy ventajoso - dijo el hombre, titubeante - Cierto es que a veces parece que es más lo que nos estorba que lo que nos ayuda; pero el alma siempre es necesaria para vivir y así poder apreciar las cosas valiosas... 
- ¿Apreciar? - interrumpió el anciano - Hace mucho tiempo que ya no sé lo que es eso. Desde que renuncié a mi alma dejé de sentir la brisa acariciándome la cara, por ejemplo. Pero creo que son sacrificios necesarios en pro de un bien mayor.
El hombre, incrédulo, miró fijamente al anciano y exclamó.
- ¡¿Qué bien puede hacer el tan sólo sentarse a ver pasar la vida sin disfrutar de ella?!... ¿Qué tiene de bueno el dejar de sentir amor... hasta por sí mismo?.. 
El anciano sonrió. 
- ¿Preguntas, jovencito ingenuo, qué tiene de bueno? Dime, ¿Cuántas veces has sentido que das todo hasta el cansancio, en vano?... ¿Cuántas veces has amado sin ser correspondido?... ¿Cuántas veces has sentido arder tus entrañas por el rencor o el dolor?... ¿Cuánto tiempo has pasado sumergido en la desesperación, en la tristeza, en el arrepentimiento y hasta en el olvido?
El hombre sacó un pañuelo y se limpió el sudor de la frente.
- Bueno, sí... muchas veces... demasiadas, quizá... pero...
- Pero ¿Qué?... - lo interrumpió - Todo ese dolor, todos esos intentos de reconstruirte a ti mismo, todo ese enojo, esa impotencia... ¿Para qué? ¿A cambio de qué?... ¿De uno que otro momento de paz? ¿De una felicidad que te llega postergada y a cuentagotas?... Sufres, lloras, te humillas, enfureces, te cansas, casi te matas para alcanzar algo que jamás llega.... o que quizás llegue pero puedes estar seguro de que nunca se queda. Y siendo honestos, es mucho peor cuando llega lo que tanto ansías y enseguida se va.
Ambos quedaron en silencio. El ambiente se tornó frío y en calma. El anciano se levantó trabajosamente, apoyándose en su bastón. 
- Escucha mis palabras, mi joven amigo, el alma es sólo para los débiles temerosos de aceptar la realidad tal cual es. Estarás mucho mejor sin una de esas cosas del infierno. 
Fueron sus últimas palabras antes de alejarse. El hombre se quedó sentado en aquella banca, pensando que quizás el viejo tenía razón. Estaba cansado y harto del trabajo que le costaba mantener su alma cálida y luminosa. Y por un momento, pensó que ya no quería tener que ocuparse de ella. 
"Es cierto", pensó. "Es demasiado trabajo para nada". Recargó su espalda y cerró un momento los ojos echando hacia atrás la cabeza. 
Una voz interrumpió su momento de descanso.
- Disculpe abuelo, ¿Está ocupado este lado de la banca o me puedo sentar junto a usted?
El hombre se sobresaltó. 
"¿Abuelo?" pensó "¿Acaba de llamarme 'abuelo'?"... Sorprendido miró sus manos, y las llevó lentamente a su rostro; con lo cual constató el precio que tuvo que pagar para deshacerse de su alma. El ahora anciano se volvió hacia el joven de gesto amable y amplia sonrisa que esperaba su respuesta.
- Adelante, siéntese - le dijo, aún desconcertado.
El joven tomó asiento junto a él y éste no pudo evitar notar la luz que irradiaba desde su interior.
- Esa.. ¿Es su alma? - preguntó, dudoso.
- Así es - Contestó el muchacho con orgullo.
- Y.. ¿Para qué necesita un alma? - preguntó el viejo, con gesto irónico, recordando su conversación anterior. - No me diga que "para amar", "para apreciar las cosas bellas de la vida" o "para sentir compasión"...
- Pero ¡Qué pregunta! - contestó entre risas - ¡Por supuesto que se puede utilizar para todas esas tonterías! Pero no es el propósito principal de un alma. No es para lo que realmente sirve.
El anciano dudó.
- Bueno, y si no es para eso, ¿Para qué es entonces?
- Para mantenerse y sentirse joven, obviamente. El amor, la compasión y todas esas trivialidades que menciona, vienen por añadidura. 
El joven se levantó alisándose la ropa. Se inclinó hacia el viejo y mirándolo a los ojos le dijo, sin borrar la sonrisa de su rostro y guiñando un ojo.
- Sería terrible no tener alma, ¿No cree?
El viejo se quedó sentado, mirando a aquel joven alejarse, tarareando una pegajosa melodía. Y a pesar haber perdido su alma, experimentó en su interior algo muy parecido a la añoranza; sentimiento que le acompañó hasta que exhaló el último aliento, que no tardó mucho en llegar... éste sí... para quedarse.

miércoles, 3 de abril de 2013

LOS ÚLTIMOS DÍAS


**NOTA: No acostumbro incluir en mis textos temas teológicos; sin embargo, intento escribir cada idea o argumento que se me viene a la mente para no dejarla "divagando" y para ir atrayendo inspiración. Y con el motivo de la recién pasada semana santa, he aquí un relato muy ad hoc....**

Cansado de tanto andar, Jesús se sentó a contemplar el paisaje desde lo alto de una colina. Su Padre, al ver su tribulación, decidió bajar a darle consuelo. De pie, detrás de su Hijo, colocó suavemente la mano en Su hombro y le dijo:
- Hijo, sé de tus preocupaciones; pues como humano, es normal que sientas temor y desesperanza. Mira otra vez a la Tierra y te mostraré el futuro de la humanidad.
Hizo un movimiento con el brazo, y Jesús contempló horrorizado un planeta lleno de hombres y mujeres fríos de corazón y carentes de alma. Se percató de las matanzas, las injusticias, las guerras, la corrupción; y no pudo más que cerrar Sus ojos y voltear hacia otro lado. Colmado de impotencia, de angustia y enojo, se dirigió a su Padre.
- ¿He de sacrificarme de la manera más cruel por estas criaturas egoístas y malvadas? ¿Qué sentido tiene salvarlos si van a terminar matándose y odiándose unos a otros?....
Su Padre lo miró con serenidad, le sonrió y contestó:
- Vuelve a mirar, Hijo mío; pero esta vez, intenta ver un poco más allá... presta atención...
Dudoso, Jesús dirigió nuevamente Su mirada a la Tierra; pero esta vez, lo que sus ojos contemplaron fue algo muy diferente: madres y padres velando el sueño de hijos enfermos; médicos y enfermeras salvando cientos de vidas cada día; niños y jóvenes sacrificando horas de sueño para ser más capaces y menos ignorantes; hombres y mujeres pasando por encima del cansancio y la enfermedad para ayudar a quienes todo lo perdieron en algún desastre, personas luchando por los derechos propios y ajenos... 
Sin poder apartar la mirada de tantas muestras de amor, de apego y fortaleza, una lágrima rodó por su mejilla, mientras tomaba la mano de Su Padre, que aún tenía en su hombro.
- Ya lo ves... Tu sacrificio será por esta otra Tierra que te acabo de mostrar. Cierto es que existen personas mezquinas, pero por cada uno de ellos hay miles que darían la vida por su prójimo. Se trata de una dualidad: No puede existir el bien sin el mal, como no sobreviviría el día sin la noche. ¿Entiendes ahora el por qué de tu sacrificio?
Jesús se sintió invadido por una paz absoluta; y en los ojos de su Padre encontró el consuelo que tanto anhelaba. 
- Haré aquello para lo que he venido a este mundo; y cuando esté sumido en la más completa oscuridad y en el más profundo dolor, vendrán a mi mente las imágenes que me has mostrado. Porque mientras haya un solo hombre, una sola mujer que aún tenga fe y esperanza, habrá valido la pena.
Su Padre sonrió, a manera de despedida.
- Recuerda, mi querido Hijo, que lo más importante para el ser humano es tener fe.... la fe y la confianza en sí mismo es más importante aún que aferrarse a nosotros; porque después de la fe, viene el trabajo y el sacrificio; y luego de éstos la más grande recompensa.
Así, después de un abrazo fraterno, el Padre dejó a su Hijo continuar su fatigoso camino para cumplir su destino entre los hombres. Pero esta vez, como lo dijo Jesús, habrá valido la pena.

miércoles, 13 de febrero de 2013

LINA





- Frena un poco, ¿No te parece que vas muy rápido?.- Preguntó Vanessa, asustada.
- ¡Eso intento! - Contestó Lina, desesperada- ¡Pero no responden los frenos!
El automóvil dió una vuelta cerrada a gran velocidad y perdió el control, saliéndose de la carretera y cayendo estrepitosamente a un barranco.

Lina volvió en sí aturdida. Buscó a su amiga pero no la encontró. Vanessa no llevaba puesto el cinturón de seguridad; y el impacto había proyectado su cuerpo hacia la parte frontal del vehículo. Murió instantáneamente. 
Lina aún no se recuperaba del shock cuando se percató de que había fuego atrás del auto. Como pudo se arrastró hasta que se alejó lo suficiente para ver estallar todo en llamas. Malherida, asustada y profundamente triste por la muerte de su amiga, logró llegar hasta un poblado cercano, donde fue atendida en una pequeña clínica.

Varias semanas después del accidente, Lina estaba lista para irse a casa. Había llamado a una de sus mejores amigas; un elemento de la policía local llamada Morgana Russo. 
Después de un cálido abrazo y un par de lágrimas de emoción, subieron al auto de Morgana, quien un tanto molesta le cuestionó:
- ¿Por qué no me dijiste que estabas viva?... ¿Por qué hasta ahora?
Lina miraba por el cristal de la ventana, concentrada en todo y en nada a la vez. Sin volverse a mirarla, le contestó:
- Porque necesitaba estar sola un tiempo... pensar... 
- Pero todos creen que has muerto, Lina. Tu casa se vendió, Germán estaba destrozado...
Esta vez Lina volteó y la miró fijamente.
- Germán... ¿Lo has visto?- la interrumpió.
- No. Después de tu "sepelio" dejó el país y no volví a saber de él. Supongo que estaría muy dolido por tu partida...
Lina bajó la mirada.
- Supongo que sí... pero igual te pido que ni él ni nadie se entere de que estoy viva.
- ¿Estás loca?... ¡Germán era tu prometido! ¡No puede ser que no te interese que sepa lo que en realidad pasó!
Guardaron silencio por un largo rato. Lina respiró profundo.
- Morgana, estoy convencida de que lo que pasó no fue un accidente. Necesito saber con exactitud el cómo, el por qué, y sobre todo el quién es el responsable de la muerte de Vanessa. Se lo debo.
- Mira, sé que te puede parecer así pero...
- Tú eres policía - dijo Lina alzando un poco la voz - dime, ¿Encontraron algo? ¿Lo investigaron al menos? ¿Hubo alguna pista? ¿Qué pasó con Vanessa?... ¿Nadie preguntó por ella?
- No se pudo recoger mucha evidencia, el fuego consumió el auto casi por completo. Todos pensamos que ibas sola; así que se manejó como que habías perdido el control y caiste al barranco. No se encontró nada que sugiriera otra cosa. En cuanto a Vanessa, un vecino la reportó como desaparecida después de unos días; como bien sabes, ella no tenía familia y no era muy sociable que digamos. No había pistas ni amigos o parientes que ayudaran a dar con su paradero; el asunto se estancó y la investigación se perdió en un hoyo negro... como muchas otras. Caso cerrado.
- Bien - contestó Lina, más calmada. - Supongo entonces que, debido a que la enterraron pensando que era yo, mi nombre es el que está en su lápida, ¿No es así?
- Así es - contestó Morgana, un poco apenada.
- Ese nombre no se cambiará hasta que encuentre al culpable.
Hubo un incómodo silencio, que se rompió con una solicitud de Lina:
- Morgana, Quiero pedirte un favor. Entraré en la Academia de policía... quiero que me entrenes y me ayudes a entrar en tu círculo de trabajo.
Morgana no pudo evitar sonreír ante la gracia que le causaba el comentario.
- ¿Que te entrene? Lina, ¡Tú eres maestra de escuela! ¿Por qué querrías ahora convertirte en policía?
- ¡Necesito saber qué pasó! ¿No lo entiendes? Vanessa no debió ir conmigo ese día; como bien dices, debí ser yo. Quiero hacerlo, por favor, lo necesito para seguir adelante. Sé que hay un responsable y lo voy a encontrar. Si no me ayudas, lo haré de todos modos.
- Está bien - contestó Morgana - De todas formas siempre te dije que tenías aptitudes para esto. Tienes gran condición física y espíritu investigativo... Mira, te debo mucho... desde que éramos niñas, así que... de acuerdo. Tienes mi promesa de que te ayudaré.
Ambas sonrieron y Lina le pidió a su amiga que la llevara a donde estaba la casa rodante que era de sus padres. Morgana insistió en invitarla a su casa, pero ella prefirió la privacidad de su remolque. Sus padres tenían algunos años de haber muerto, pero estando ahí, sentía su presencia más fuerte que nunca.

***

Casi tres años después de todo aquello, Lina empezaba sus labores como agente. Entrenó muy  duro y se esforzó para conseguir el reconocimiento de sus superiores y compañeros en la Corporación. Su carrera iba rápidamente en franco ascenso y jamás se había cansado de investigar en sus ratos libres lo que pudo haber pasado el día que murió Vanessa. 
Morgana, que todo ese tiempo estuvo a su lado, se sentía un poco impotente porque pensaba que se había convertido en una obsesión para su amiga. Intentó varias veces que desistiera en su empeño pero siempre fué en vano.
Una noche, Lina leía por milésima vez el reporte de lo sucedido, mientras recordaba a detalle cómo pisaba el pedal del freno sin que éste respondiera. El rostro de Vanessa regresaba una y otra vez... Esa noche, no pudo más. Se sentía derrotada; en un callejón sin salida. Llorando, pidió en voz alta:
- Vanessa, por favor... dame una pista. Ya no sé qué hacer.. sé que no fue un accidente... he hecho todo cuanto he podido pero no consigo resultados. Si me estás escuchando... ayúdame a esclarecer todo esto... dame una señal....

Al día siguiente, Lina caminaba de regreso a su departamento cuando, sin saber exactamente por qué, se detuvo en un parque y se sentó a despejar su mente en la banca de una de las mesas para picnic instaladas en el lugar. Casi al mismo tiempo, un hombre de aspecto cansado y un poco mayor de lo que en realidad era, se sentó en la mesa de al lado con sus dos pequeñas hijas. 
- Esperaremos aquí a mamá, niñas, siéntense.
Lina no pudo evitar mirarlo fijamente... no sólo por el hecho de que le faltaba la mano izquierda, sino porque le pareció bastante conocido. El hombre sintió la mirada y alzó la vista. Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, palideció. Comenzó a temblar e incluso se sintió mareado. Lina lo notó, se levantó y se acercó a él.
- Señor, ud me conoce, ¿No es cierto?
El hombre aquel la miró con una mezcla de preocupación y arrepentimiento. 
- Sí, señorita. Ud. debió verme hace ya varios años atrás. Sé quién es usted.
Lina se sentó frente a él; y con expresión seria pero en tono amable le preguntó:
- Dígame, ¿De dónde me conoce?
Él se volvió a mirar a sus hijas, pensó que después de tanto tiempo y de todo lo que había pasado, ya no tenía mucho que perder. Pidió a sus hijas que fueran a jugar un poco; y dijo con voz temblorosa:
- Me pagaron para matarla. 
Lina sintió un torrente de adrenalina. Sorprendida y algo temerosa le pidió que continuara.
- Mi nombre es Fabio. Hace algunos años, yo no era lo que se dice una buena persona. Me metía en líos con frecuencia y me gustaba el dinero fácil. Pero cuando nacieron mis hijas, empecé a cambiar. Ellas me hicieron ver muchas cosas, y me di cuenta de que no quería ser para ellas lo que mi padre fue para mí. Mis hijas aún eran muy pequeñas cuando decidí tomar ese último "trabajo". Así que, durante varias semanas la estuve siguiendo; elaborando su itinerario para planear bien el proceso y que todo saliera limpio y a la perfección.
Lina se quedó pensativa.
- Ahora veo... debí haberlo visto entonces, pero no le tomé importancia. Dígame, Fabio, ¿Por qué no lo hizo?
Él comenzó a sollozar... y lleno de remordimiento, contestó:
- No pude, señorita. De repente, una mañana, ví cómo jugaba con sus alumnos. Con qué ternura los miraba y con cuánta dedicación cuidaba de ellos en el patio de la escuela. Los hacía felices. Pense en mis hijas, no quería que crecieran avergonzadas de un padre delincuente.. quizás presidiario. Tenía ud. tanta alegría en la mirada... simplemente no pude. Así que decidí ir con la persona que me contrató. Devolví el anticipo y desaparecí. Poco después tuve un accidente de trabajo y me tuvieron que amputar la mano. Perdí mi casa, no tengo empleo, y ahora tenemos que vivir en  albergues, de lo poco que mi esposa consigue en trabajos domésticos eventuales. Pero, sabe, no me arrepiento de mi decisión. Sigo buscando trabajo, sigo luchando... por ellas...- dijo esto mirando fijamente a sus pequeñas, cuyas risas y juegos llenaban el triste vacío en su interior.
Lina las miró también por un momento. Se volvió hacia el hombre... lo miró con ternura.
- Sabe, Fabio, todos cometemos errores. Me alegra que se haya arrepentido. No le guardo rencor ni tengo nada contra usted, al contrario, creo que podría ayudar a su familia. Tengo una casa rodante que ya no necesito. Está en perfectas condiciones; podrían acomodarse bien allí mientras vemos la manera de que consiga un trabajo. No tengo problemas con usted, pero entenderá que necesito saber quién está detrás... quién lo contrató...
A Fabio se le iluminó la mirada. Con los ojos llenos de lágrimas agradeció profundamente el gesto de Lina.
- Es usted un ángel, ¿Sabe? me libera de un peso que venía cargando desde hace mucho tiempo. Necesitaba su perdón... Le agradezco mucho su ayuda, y voy a corresponder... quiero hacer lo correcto. Estoy dispuesto incluso a testificar, de ser necesario. El hombre que me contrató se llama... Germán. Germán Gasperi... sé que era su prometido y... lo lamento en verdad.
Lina guardó silencio y extravió su mirada en la lejanía. Ahora sabía lo que tenía que hacer.

***

Después de tramitar una orden para revisar los videos de vigilancia, Lina se dirigió hasta una tienda de conveniencia que estaba justamente frente a la escuela en la que hace algunos años se desempeñaba como maestra. El rango de visión de las cámaras de seguridad de la tienda incluía el estacionamiento de la escuela, la cual en ese entonces no contaba con vigilancia de ese tipo. Su plan era revisar las tomas de la fecha del accidente para ver si ocurría algo sospechoso. 
El gerente del establecimiento le hizo saber que los videos estaban en posesión de la aseguradora, y no tenía conocimiento del tiempo que eran retenidas las cintas.
Lina se dirigió entonces a dicha Compañía; en la cual le indicaron que los videos eran conservados durante cinco años, de manera que el que ella buscaba se encontraba aún en el rango. Después de un tiempo de espera para ubicar el material, empezó el análisis del mismo.
El día del accidente, en el estacionamiento de la escuela, apareció Germán. Lina se incorporó y se acercó al monitor. Alcanzó a ver entonces cómo abría la tapa de su auto, maniobraba algo en el motor y la volvía a cerrar. Detuvo la cinta y se volvió a ver las fotografías de las partes del vehículo. Ahí estaba: en una de las imágenes de lo poco que quedó visible en el auto, se podía apreciar una manguera rota. Tomó una lupa y la revisó nuevamente. No parecía el resultado de un estallamiento o desgaste. Era más bien un corte preciso. Se recargó en el asiento, miró al techo y suspiró, mientras una lágrima recorría el contorno de su rostro. "No lo vi venir... debí ser más precavida" pensó.

Al día siguiente, Lina llevó todo su material a los peritos de la policía para que lo analizaran. Mientras esto sucedía, se dedicó a ubicar a Germán a través de sus cuentas y transacciones bancarias. Al poco tiempo, su amiga Morgana se reunió con ella para darle a conocer el resultado del peritaje. 
- Hablé con los expertos y me dijeron que, efectivamente, después de analizar minuciosamente el video, se le ve a Germán cortando la manguera; lo cual causó el problema que tuviste con los frenos y, por ende, el accidente. Tenías razón, Lina, por primera vez tu terquedad te trajo resultados. 
Sacó un sobre con varios papeles y lo puso sobre la mesa. 
- Aquí está todo tu caso. Ahora, ¿Cómo quieres manejar esto? - preguntó curiosa; a lo que Lina respondió con una sonrisa maliciosa.

Después de una cuidadosa investigación a través de diversos medios, se ubicó a germán en un pais vecino. Lina sabía ahora dónde vivía, en qué trabajaba y hasta la marca del vehículo que conducía. Se enteró también de que en una fecha próxima viajaría de regreso para cerrar un negocio de suma importancia para él; de manera que decidió no apresurar las cosas y esperar pacientemente su retorno, mientras tanto, preparó todo para no perder ningún detalle y que su detención fuera en toda regla.

El día de su arribo, Germán entraba de los andenes a la sala de espera del aeropuerto, en donde familiares y amigos ya le esperaban. En plena bienvenida, una voz muy familiar lo llamó por su nombre. Al volverse palideció. 
- ¿Lina? - dijo casi para sí mismo.
- En carne y hueso - contestó ella con una amplia sonrisa.
- Yo... pensé que tu.... ¿Cómo es posible?... fui a tu entierro... - Se encontraba atónito, completamente desconcertado. Intentó entonces que no se notara mucho su preocupación y recobró la compostura. Sonrió y extendió sus brazos hacia ella para abrazarla, mostrando una falsa alegría.
- ¡Lina, me alegro tanto de que estés viva!- dijo acercándose a ella.
- ¿Sí? ¿De verdad?... bueno ´pues no creo que te alegre mucho después de saber a lo que vine.- contestó en tono firme, haciéndose de lado el abrigo para mostrar su placa. A Germán se le desvaneció la sonrisa cuando vio aparecerse dos uniformados que lo escoltarían a la comisaría. Lina se colocó tras él para ponerle las esposas.
- Germán Gasperi, estás arrestado por el asesinato de Vanessa Martelli.
- ¿De qué hablas?... ¿Qué...? ¿Vanessa? - Germán estaba completamente confundido. Intentó atar todos los cabos posibles de camino a la estación de policía. Tenía, quizás, una parte de la historia; una idea de lo que había sucedido aquel día fatal en el que perdió a su prometida.

***

En la sala de interrogatorios Germán esperaba pacientemente a que alguien llegara para hacerle toda clase de preguntas. Se sentía frustrado, pero al mismo tiempo un tanto liberado del peso que venía cargando desde hacía algunos años. Sabía en su interior que de nada serviría justificarse, o intentar cambiar la historia. Los hechos hablaban por sí solos y estaba consciente de que las pruebas en su contra serían contundentes y abrumadoras. Sin embargo, esperaría para saber qué tanto habían podido averiguar.
Lina entró en la sala con semblante tranquilo. Se sentó frente a él y dejó caer sobre la mesa la carpeta que contenía los detalles del caso. 
- Mira, Germán, te voy a mostrar todo lo que tengo. Verás que es inútil que mientas. Ahora, si deseas la asesoría de un abogado solo tienes que pedirlo.
Germán la miró fijamente, divertido.
- Sabes, Lina, jamás te hubiera imaginado como policía. Me parece tan extraño verte con esa placa, hablandome asi, en estas circunstancias... es curioso....
Lina sonrió.
- Sí, supongo que no te será tan divertido tener que contarme por qué hiciste lo que hiciste.- dijo, mentras sacaba las fotografías de la carpeta y se las mostraba una a una. Ahí estaban: las imágenes del auto, la manguera rota, las fotografías extraídas del video en donde se le veía alterando el motor... y por último, la más desgarradora de todas: el cuerpo calcinado de Vanessa en la mesa del forense. Germán las miraba, atónito.
- Yo... no sabía que Vanessa... - No pudo terminar la frase. El sentimiento de culpa, el horror y la tristeza lo inundaron por completo.
- Está bien - Dijo Lina, muy serenamente. - Solo dime por qué, Germán. Solo eso. Es decir, eras mi prometido, se supone que me amabas... se supone que nos casaríamos....
Germán desvió la vista. No podía mirarla a los ojos. El peso de sus actos cayó sobre él de un solo golpe, y fue tan abrumador que apenas si lo pudo soportar. Tomó aire y relató.
- Aquel día que me llevaste a visitar a tu abuela en la casa de descanso... no sé si recuerdas que tuviste que ir a rellenar un formulario y me dejaste un rato solo con ella.
Lina lo miró extrañada y Germán continuó:
- Pues bien, en ese momento ella me contó que su difunto esposo había hecho una pequeña fortuna; que ni tú ni nadie sabía al respecto, pero que a su muerte, ella ocultó el dinero en su antigua casa. Te juro que no pensé en ello hasta el día de su entierro, un mes después. 
Lina, incrédula, se recargó en su silla. Creía que empezaba a comprender por fin.
- Por esos días, yo tenía mushísimos problemas de dinero. Sabes que me gustaba apostar, aunque pienso que jamás supiste con exactitud cuán seguido lo hacía ni en qué cantidades. Fui cuidadoso... Cuando me veías pensativo o preocupado, me preguntabas qué me pasaba y siempre te contesté que estaba cansado o que había problemas en el trabajo; nada de qué preocuparse. Pero en realidad, Lina, las deudas empezaban a asfixiarme y mis acreedores no eran personas muy compasivas. De manera que cuando supe que querías rematar la casa que fue de tus abuelos, recordé la conversación que tuve con tu abuela e intenté persuadirte de que no lo hicieras; pero tus razones eran tan válidas y lo bastante sólidas como para hacerme desistir en mis intentos...
-... Y como pensaste que tu minita de oro se te escapaba de las manos, lo más sencillo era desaparecerme ¿No es así? - inquirió Lina, molesta.
- No, en realidad no es así - contestó él, un tanto desesperado.
- ¡Claro que sí! - dijo Lina, esta vez levantando la voz - pero como no te sentiste capaz de hacerlo tú mismo, preferiste contratar a alguien que lo hiciera por ti... ¿Crees que no lo sé?
Germán estaba devastado. No sabía qué decir, qué pensar... estaba sorprendido y a la vez enojado al sentirse descubierto.
- Bueno, ya lo sabes. No me voy a defender por eso. La verdad Lina, estaba muy desesperado y fue la salida más rápida que encontré. Soy ambicioso, egoísta, qué te puedo decir. En realidad deseaba y necesitaba ese dinero.
Lina sonrió. 
- Y te apuesto que saliendo de mi "funeral" fuiste corriendo a casa de mis abuelos para buscar tu pequeño tesoro...pero ¡Oh sorpresa! no encontraste nada, ¿Verdad?
Germán se incomodó. Ella tenía razón. Lo único que había ahí eran muebles viejos y una que otra caja con papeles y fotgrafías antiguas. Y como todo había salido mal, emprendió de inmediato su viaje al extranjero.
- Déjame que te cuente una historia que quizás no sepas. - dijo Lina, irónica. - Durante sus últimos años mi abuela sufría de lo que se podría llamar "demencia senil". Su mente no funcionaba bien. Mezclaba recuerdos de su niñez con experiencias recientes... muy apenas podía recordar su nombre, y siempre que me veía me confundía con mi madre. La historia que te contó sobre la fortuna del abuelo la escuché yo misma de ella unas treinta o cuarenta veces. Todo... el dinero que hizo, cómo lo escondió en el sótano, al lado de la caldera... porque allí te dijo que estaba ¿O no?
Germán palideció. ¡Todo era mentira! el dinero, el escondite... nada fue real.
- Quieres decir que todo lo que hice...Vanessa... - balbuceaba.
- Fue por nada, Germán. - dijo ella con tristeza. - Vanessa murió por nada. La caldera de la que te habló mi abuela era una que tenían sus padres en su casa cuando ella era pequeña. Mis abuelos jamás tuvieron una. La herencia de mi abuelo se invirtió por completo en los cuidados de ella hasta el día de su muerte. No hay dinero alguno.
Germán se sintió desfallecer. El sentimiento lo inundaba ahora y con los ojos llenos de lágrimas intentó resarcir un poco el daño que había causado.
- Lina, perdóname... me dejé llevar por lo que pensé que sería la solución a mis problemas.
- Es tarde. - contestó ella, levantándose de la mesa. - Lo único bueno en todo esto es que tendrás mucho tiempo para arrepentirte cuando te encierren. 

***

Después de hacer el último trámite pendiente, Lina salió del cementerio en donde acababa de supervisar los trabajos para el cambio de lápida. Se retiró la que tenía su nombre y se colocó una con el nombre de Vanessa. 
"Ahora sí puedo volver a la vida" pensó. Subió a su auto y condujo hasta la casa de sus abuelos para sacar las cosas que hubiera y poder venderla por fin. Cuando entró, una brisa cargada de recuerdos le acarició el rostro. Por un instante volvió a ver a sus padres conversando en la sala, y percibó esa tierna mirada llena de amor con la que su abuelo observaba a su esposa mientras preparaba la merienda en la cocina. 
Caminó por toda la estancia y después bajó al sótano. Empezó a revisar el contenido de las cajas que se encontraban ahí. Vestidos, dibujos, algunos juguetes y fotografías viejas. De pronto, algo llamó su atención.
En una de las cajas encontró una foto por demás antigua: en la imagen aparecía su abuela junto con todos sus hermanos, y detrás de ellos se podía apreciar una caldera. Lina lo pensó un poco.
- En el sótano, al lado de la caldera.- repitió en voz alta. Dejó la foto en la caja y se percató de que, a su lado, una de las tablas del suelo parecía ser un poco más nueva que el resto. Se acercó a ella, la movió, y con un poco de fuerza logró quitarla. Introdujo su mano en el agujero que quedó y tentó algo que parecía ser un recipiente de madera. Cuando por fin lo tuvo entre sus manos, dudó un poco al abrirlo; de manera que lo hizo muy despacio. 
No podía creer lo que había en el interior de aquel cofre de madera. Se encontraba lleno de monedas que parecían ser de oro. 
- Una pequeña fortuna ¿Eh? - Se dijo, sonriendo. Al parecer su abuela no estaba tan enferma después de todo; y la caldera a la que se refería era la fotgrafía en la que aparecía.
camino a casa, lo único en lo que podía pensar era en lo felices que haría gran parte de aquel hallazgo a la familia que vivía en su remolque.

Durante su última entrevista con Germán, Lina se encargó de hacerlo partícipe del descubrimiento que había hecho en casa de sus abuelos. 
- No me sorprende - Dijo él, resentido. - Siempre has demostrado ser bastante más inteligente que yo.
- Es una pena. - Contestó Lina, indiferente - De haberme dicho lo que mi abuela te contó, quizás hubiéramos encontrado juntos el cofre. Pero ya ves... es lo que pasa cuando la codicia y el egoísmo se apoderan de la persona.
Germán no contestó. Lina se levantó y caminó hasta la puerta. En ese momento él también se levantó.
- Lina... tienes razón. Fui codicioso y egoísta. Desearía haber hecho las cosas de otro modo. De continuar con nuestros planes, hoy sería el hombre más feliz del mundo... a tu lado.
Ella se detuvo frente a la puerta y antes de salir, sin siquera volverse a mirarlo le dirigió sus últimas y más sinceras palabras:
- Maldigo el día en que te conocí. Ojalá no hubiera sucedido nunca. - No esperó respuesta alguna. Cerró la puerta tras de sí y caminó por el mismo pasillo que otras tantas ocasiones había transitado; sin embargo, esta vez, le resultó mucho más largo de lo habitual.